Por: Fernando Londoño Hoyos

Como en el juego de póker, tan en boga hoy en la política colombiana, la Corte se jugó los restos, lo que tenía, lo que le quedaba de prestigio, de respeto por la Justicia, de consideración por el país. Y los perdió. No le quedó nada.

Como estaba mortalmente desunida, entre unos magistrados sobrevivientes de la catástrofe, y los de la clientela que instauró la Constitución del 91, no podía elegir nuevos magistrados. Necesitaba las dos terceras partes de sus miembros, que de 23 son 16 y nunca consiguió esa mayoría. Y pasaron los días y los años. Varios magistrados salieron a retiro, porque cumplieron sus períodos o perseguidos como  delincuentes, así como suena, y cada vez era más improbable y lejano el quórum que les permitiría reintegrarse.

La cuestión hizo crisis cuando uno de los magistrados decentes que quedaban, el doctor Ariel Salazar, debió retirarse por período cumplido. Y ¡válganos Dios! aquélla Corte desintegrada renació de sus cenizas como el Ave Fénix y consiguió la mayoría que por años le fue esquiva. EUREKA, EUREKA, lo encontré. ¿Cómo fue aquel milagro?

Pues muy fácil. Una simple tarea interpretativa. La que no se les había ocurrido por años. La que no está en Ley alguna, la que contraría la Constitución en tantos artículos que tratan la materia, se vino al magín de estos próceres  tan vivos, tan astutos, tan recursivos. Y resolvieron que la mayoría absoluta es la relativa y que la de dos tercios de los votos, la más exigente y grave, es la de los votos presentes y no la de los votos de la Corporación. Y las mayorías cambiaron para siempre y las absolutas pasaron a ser las más relativas de todas. El Derecho Constitucional Comparado ha cambiado para siempre. Es el aporte de nuestros eximios juristas a la hermenéutica universal.

Decíamos que eran los restos. Desde que la Corte pasó a estar integrada por la clientela; desde que el Consejo Superior de la Judicatura se convirtió en el coto de caza de los poderes más influyentes, vale decir, de los que más puestos conceden; desde que decidió la Corte en pleno que la doble instancia es para todo el universo, menos para sus enemigos; desde que se dedicaron a la tarea de enriquecerse vendiendo sentencias, se acabaron su respetabilidad y su prestigio. Algo podía quedar. Algo que por allá en el fondo del corazón de los colombianos recordara que hubo una Corte que prefiriera morir calcinada antes que cometer un prevaricato, se acaba de enterrar. Asistimos, espantados, al sepelio de la dignidad, de la grandeza, del honor de la justicia colombiana.

Porque si la Corte Suprema de Justicia acaba de suicidarse moralmente, la Constitucional venía herida de muerte. Como tantas otras cosas en Colombia, Juan Manuel Santos la había profanado y envilecido.

Recordábamos los muertos del Palacio de Justicia. De aquella enormidad que el país resolvió no enfrentar. De aquellos hombres que murieron solos, porque el “mejor policía del mundo” Oscar Naranjo, no se dio cuenta de que los hombres bajo su mando se habían ido para abrirle paso a la turba de la mafia narcotraficante, acompañada por sus amigos, los salvajes del M19. De aquellos magistrados que murieron para nada, parece, porque habrían de sucederlos los que llegan a su ministerio porque prometen obedecer a su gran elector en lo que les ordene.

Debió tragar mucha saliva el actual Presidente de la Corte Constitucional, de quien uno por lo menos de sus antiguos colegas, el Honorable, él si, Magistrado Nilson Pinilla dijo que eran un hombre sin principios, cuando un periodista le preguntó qué se podía hacer cuando más del ochenta por ciento de los colombianos no cree en la administración de justicia. Tragó esa saliva amarga para decir que eso era muy grave y que había que rescatar la fe de los colombianos en sus jueces. Para lo que se requiere, no lo dijo pero quedó claro, que personas como él salgan del  recinto sagrado para que no vuelvan nunca más otros que se le parezcan.

Para que no vuelvan otros que se vayan de almuerzo con Santos, su elector y dueño, cuando está defendiendo su maldito interés ante ellos mismos, y para que no sean elegidos, a pesar de su ignorancia manifiesta, porque juren que votarán cualquier asunto que les llegue de quien los elige y de sus causas.

La Corte Suprema se liquidó. Y la Constitucional está acabando con Colombia. Le prohíbe al Gobierno que combata la coca, le prohíbe al país que use sus recursos naturales para combatir la miseria y ahora, la última maravilla, nos deja saber que una sentencia que obliga, solo recibe las firmas de quienes la dictan un año después de notificada por la prensa. Cuántos jueces habrá en la cárcel por disparates  menores.