Por: Paola Holguín

Hace ya  casi 20 años, Fernando Savater escribió un magnífico libro de unas 300 páginas, titulado “Perdonen las molestias”, un ensayo de un demócrata para enfrentar al terrorismo, que está más vigente que nunca.  

De hecho, recordé el texto porque permanentemente el bloque opositor arenga sobre el diálogo, con todos y sobre todo; una especie de dialoguitis como panacea para curar todos los males. 

Al respecto Savater escribió “(…) se desató una verdadera orgía mediática de vaciedades centrada en la palabra “diálogo”, repetida como un fetiche simbólico que permite a algunos imaginariamente ponerse por encima de realidades abrumadoras que no tienen ni la paciencia de entender ni el coraje de afrontar”. Y eso es justamente lo que hemos vivido últimamente en Colombia, el llamado a dialogar sin límites y sin requerimientos, como un elemento central de la democracia, aunque la realidad nos muestre, que puede suceder todo lo contrario, y es que terminemos por esa vía destruyéndola. 

¿Por qué hago esta dura afirmación?,  por varias razones; por ejemplo, porque el diálogo no debería permitirse que venga forzado por la violencia; porque terminamos legitimando el crimen, el vandalismo y el terrorismo como elementos para imponer la agenda política. 

En nuestro país, las estructuras criminales, acostumbran exacerbar la violencia para sentar a la mesa de negociación a los gobiernos; y últimamente los ciudadanos han adelantado “marchas pacíficas”, infiltradas por vandalismo y terrorismo para imponer la conversación. 

Otro ejemplo, es lo que viene sucediendo con los procesos electorales; pues, no tiene mucho sentido llevar a los ciudadanos a las urnas para que las mayorías tomen una decisión, si finalmente no se va a respetar esa voluntad popular, y las minorías (vetocracia) obligan al diálogo para torcer ese mandato, como pasó con el plebiscito del acuerdo de La Habana o con la consulta anticorrupción para citar solo dos casos. 

Además, se cree por esa dialoguitis,  que todos debemos decidir sobre todo, yo he dicho que eso no es democracia, es democraterismo, es una fórmula que lleva a que los responsables de la toma de decisiones se puedan lavar las manos como Pilatos, a que las comunidades sean usadas y manipuladas, y a que muchas decisiones que deberían tomarse con carácter técnico, porque requieren formación e información, terminen al vaivén de las presiones y las pasiones.  

Los demócratas creemos en el diálogo, pero el diálogo no puede venir forzado por la violencia; creemos en los consensos, pero no en violentar las reglas de la democracia; creemos en la equidad pero no en falsas simetrías.