POR: DIANA SOFÍA GIRALDO

Utilizando la “tolerancia” como justificación que intimida, se está imponiendo la dictadura de las minorías, como norma de conducta en la vida nacional. El espectáculo resulta paradójico.
Para la muestra unos botones: Los “tolerantes” que defienden con pasión la vida de los toros, se sintieron legitimados para agredir físicamente a los colombianos que disfrutaban la fiesta brava, durante la reapertura de la Plaza de Toros de Santamaría. Frases como: “si quieren sangre que se corten las venas” dibuja el respeto que tienen por las libertades ajenas y por sus pacíficos compatriotas.
La “paz” y la “tolerancia” fueron empleadas como garrote para imponer los acuerdos con las FARC. Estaba previsto que se someterían a la refrendación de los colombianos. Los convocaron para que expresaran su voluntad en un plebiscito. Votaron. La mayoría dijo que no. Pero unas goticas de “tolerancia” hicieron el milagro de convertirlo en sí.
Ahora esa misma “tolerancia pacifista” se levanta desde tribunas y medios de comunicación comprometidos, como garrote verbal para acusar a quienes piensan diferente , calificándolos de ignorantes, populistas y hasta de estúpidos amigos de la violencia.
En nombre de la tolerancia con la población lgtbi se han radicalizado discriminaciones artificiales, cuando los colombianos no acostumbran discriminar a otros por sus preferencias sexuales.
Empiezan a producir miedo los llamados “líderes de opinión” que, en nombre de “su verdad”, insultan primero y se rasgan después las vestiduras ante la polarización creciente. Parecen no entender que precisamente ellos, con su intolerancia, vienen incendiando al país, hace ya bastante tiempo.
Este grupo de “tolerantes” que, en nombre de la “paz”, alza la voz para autoelogiar su defensa de los derechos humanos, especialmente los derechos de los niños, hasta ahora se dió cuenta de que las FARC no habían entregado los menores reclutados a la fuerza. Claman “!Oh sorpresa!”. Y se declaran indignados. Será muy interesante escucharlos y leerlos cuando descubran que las FARC aún tienen personas secuestradas. Seguramente esperaran hasta que Humberto de la Calle se pronuncie sobre este tema, como lo hizo con los niños guerrilleros, para ahí sí sentirse autorizados por el Gobierno y proclamar con vibrante energía, su sorpresa y profunda indignación.
Este sectarismo renaciente está llevando al extremo de convertir cualquier tema sobre el cual existan discrepancias en una poderosa arma contundente, para que los “tolerantes” aplasten a quienes predican la igualdad de los seres humanos, sin excesos ni alborotos. Y si la discrepancia no existe, se la inventan.
Inclusive cuando alguien se atreve a invocar a Dios, ir a la Iglesia o rezar un padrenuestro, ateos, escépticos y apóstoles de la “tolerancia” rien con sarcasmo o descalifican al creyente, tachándolo de ignorante. Ni siquiera les reconocen a los fieles el derecho de rezarle a Santa Rita de Casia, abogada de imposibles, para que se arrepientan o para que al menos se moderen.Todo esto en nombre de “la tolerancia”
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Tanta “tolerancia” no es, desde luego, un ejercico inocente. Está clara la intención de demoler las instituciones y recortar las libertades, fomentando esta tolerancia entendida al revés, en medio de una sociedad incapaz de defender sus convicciones o, como creen los más pragmáticos, incapaz de tener convicciones que valga la pena defender.