Por : Diana Sofia Giraldo

Cada día que pasa disminuye el margen de maniobra del Gobierno para implementar el llamado plan B, que algunos llaman “conejo”, y que busca poner en vigencia los nuevos acuerdos, con pequeños cambios y sin tener en cuenta las modificaciones de fondo que propone la oposición,  ganadora del plebiscito.

Al sumarse la Rama Judicial y el Fiscal Nestor Humberto Martínez, al grupo de quiénes plantean diferencias de fondo ante al acuerdo final suscrito con las FARC, se vuelve a mover la balanza. Es la Rama Judicial del poder público la que se pronuncia y va a ser muy difícil caricaturizarla, menospreciarla o acosarla con el factor tiempo, frente a la opinión pública internacional, invocando “el mandato del nobel”, la vocería de los abstencionistas, cuyo pensamiento nadie conoce, y a quiénes votaron sí, en una sumatoria artificiosa que viola las más antiguas y elementales reglas de juego de la democracia.

Esta lógica sin lógica que se pretende imponer mediante una propaganda que insiste con terquedad en que “perder es ganar” ó “con cara gano yo y con sello pierde usted”, trae una consecuencia inmediata y muy preocupante: la pérdida del valor de la palabra empeñada. ¿En qué queda  la promesa presidencial de reconocer y respetar el pronunciamiento del pueblo colombiano en las urnas?  Es el fast track para debilitar cuanto antes la democracia colombiana.

El NO ganó el plebiscito y desconocer ese mandato se vuelve cada vez más peligroso para nuestra subsistencia institucional. Las imágenes diarias de una Venezuela desgarrada por los oídos sordos del mandatario a la voluntad del pueblo, deberían servir de advertencia.

Pero ¿cómo cuadrar la cuadratura del círculo? ¿cómo superar el clima de profunda desconfianza que reina hoy entre los delegados gubernamentales y los líderes del no?

Es urgente un cambio de estrategia por parte del Gobierno: la clave está en el pragmatismo del Presidente, el mismo que lo llevó a conseguir sus objetivos personales y que le permitiría hoy ser el artífice del gran acuerdo nacional y no quien mina estos esfuerzos, paradójicamente, en nombre de la paz.

Y por parte de la oposición, es urgente apostarle a la confianza, seguir abriendo canales de interlocución, no empeñarse en posiciones inamovibles, encontrar alternativas y conservar el tono mesurado que han logrado mantener hasta ahora

 La decisión histórica de convertirse en un auténtico “hacedor de paz” está hoy en manos del Presidente Santos. Su pragmatismo se convertiría en su mejor aliado. De lo contrario, corre el riesgo de dilapidar su capital de pacifista, ante la mirada expectante de la comunidad internacional.

La estrategia de descalificar en público a quien se tiene sentado a la mesa en privado, de intentar dividir a los líderes del no y, la más destructiva de todas, menospreciarlos políticamente, sólo tiene un final seguro: el rompimiento. Mientras las FARC proclaman, por boca de  Granda, lo cómodos que están en “la relación simétrica con el Gobierno” , éste pretende el “sometimiento” de la oposición, haciendo cado omiso del triunfo en el plebiscito. Definitivamente ese camino sólo nos está conduciendo al precipicio.