Por: Diana Sofía Giraldo

Las reacciones populares espontáneas, dolidas y furiosas que llenan las pantallas de la televisión disparadas por el crimen atroz de Yuliana Samboní, son apenas la cresta de una ola que le advierte al país: hay mar de fondo. Un tenso, profundo y bravío mar de fondo.

Nadie convocó a los manifestantes que se congregaron para protestar con carteles improvisados y gritos adoloridos, con el ánimo exaltado y la indignación reflejada en el rostro, afanados por dejar su testimonio, acompañado de flores y de velas encendidas. Los había de todos los estratos sociales, incluyendo unos pocos que intentaban aprovechar la tragedia como un episodio de la lucha de clases.

El crimen fue la chispa detonante de un estado de alma explosivo, que mezcla sentimientos de frustración, amargura, impotencia y un cansancio infinito de soportar una cadena de desengaños cuya repetición menosprecia la dignidad personal y colectiva.

Valores comunes, que costó tanto tiempo y esfuerzo fortalecer, se desmoronan demolidos por los encargados de cuidarlos. Duramos dos siglos aclimatando la democracia y se gastan pocos minutos en demolerla, institución por institución. Se le dijo al pueblo que la democracia era la forma de gobierno que mejor consultaba las necesidades del país, y después de guerras civiles declaradas y luchadas valientemente y de conflictos internos que alcanzaron los peores abismos de degradación, la democracia quiebra su regla esencial, irrespeta las mayorías y les dice que ahora ganar es perder y que la propaganda lo puede todo.
Se llama a los colombianos a un plebiscito para enseguida desconocer su resultado y poner al Congreso a decir que no quiere decir sí, forzándolo a jugar un papel que solo puede traerle desprestigio.

Después el turno es para la justicia. Le exigen explicar que la nueva regla enseña que menos es más y que puede torcérsele el cuello a la Constitución sin que alcance a gemir ¡AY! ante fallos abiertamente contrarios a su letra, espíritu y tradición.

Y, para seguir subestimándola, le sientan al lado consuetas extranjeros que ni queremos ni necesitamos, nombrados bajo la inspiración de quienes deben someterse a sus decisiones.

Además, tendremos gobiernos extranjeros supervigilándonos en nuestro propio territorio, para que el mundo entero vea cómo somos incapaces de manejar nuestros asuntos domésticos.

Estos dolores del alma acumulan una carga explosiva que en cualquier momento explota. El horror del crimen ha sido un detonante y las reacciones populares muestran un cansancio peligroso. Mientras el jefe negociador de la guerrilla descalifica la democracia, el comandante de las Farc notifica que vamos a un gobierno de transición, y los voceros oficiales hacen malabares interpretativos para demostrar que se puede violar jurídicamente la Constitución y amarrarla con leyes.

No es raro, entonces, que quienes protestan por el crimen se armen con palos, botellas y cuanto objeto contundente encuentren a su paso, que pidan pena de muerte, cadena perpetua y castración química para los violadores y asesinos de niños. No confían en las instituciones, no creen en su eficacia, dudan de su solidez, quieren hacer justicia por su propia mano. La paciencia de la gente está llegando al límite. No aguanta una decepción más.